microrrelatos fractales



Antonio Fernández Molina, enmaquinando su imaginación desperdigada

Un ejemplo clásico de microrrelato fractal lo encontramos en "El huevo cascado", de Antonio Fernández Molina, como ya explicamos en este enlace

'El huevo cascado'
En la miseria un huevo es cena frugal y sueño tranquilo. Cogí un huevo en mis manos y lo casqué sobre la sartén.

En lugar de caer la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí. El hombrecillo cascaba un huevo sobre la sartén más pequeña y salió otro personaje más diminuto, que también se me parecía, con un huevo en la mano que cascaba sobre otra sartén.

Y así indefinidamente.

(Antonio Fernández Molina. Dentro de un embudo, 1973) 

Alejandro Bentivoglio, antes de ver a la mujer que se quitó el vestido
Recientemente, he releído un ejemplo similar al esqueleto anterior en este microrrelato del prolífico Alejandro Bentivoglio: 

'Porque ninguna es ella'
La mujer se quitó el vestido y debajo de él había una mujer más pequeña que se quitó su vestido y debajo tampoco estaba esa mujer que me amaría por siempre.

Si se quiere saber más sobre el intertexto, lo fractal y la ficción breve, ver este enlace.

sobre la poesía y la realidad - Adam Zagajewski





"Un día, la realidad se percatará de que el corazón de la poesía está frío. O que la poesía no tiene corazón, sino unos ojos eormes y un oído muy fino. De pronto, la realidad comprenderá que no ha sido para la poesía más que un pozo inagotable de metáforas, y se esfumará. La poesía se quedará sola en el mundo, muda, vacía, triste e intransmitible."


[Zagajewski, Adam. Dos ciudades. Trad. de Jerzy Sławomirski y Anna Rubió. Barcelona: Acantilado, 2006. 206]


dos neuronas

Germáááááánnn

Dos neuronas

Mi mujer afirma que tengo dos neuronas y que uso ambas sólo para ponderar el valor de las pelotas. Yo me opongo y le digo que puedo contenerme, que no todo es poner un esférico en el centro del campo y Juan se la pasa a Luis, Luis rápido abre banda por la derecha, recorta a un oponente, procede limpio, se acerca al área de peligro, este hombre es una locomotora, levanta la cabeza, Germán lo advierte, arranca en posición correcta, qué pase señores, lo intercepta con el pecho, se zafa del defensa, sólo frente al arquero, juega a engañarle... y el trueno, gol de Germán, gol de Germán, gol de Germáááááánnn.

Y sereno le explico por qué me opongo. Pero ya es tarde. Se me quedó risueña, en stand-by, fabulando sorda los vestidos que se probará por el centro el gran día de la final.

***
Una versión anterior aparece publicada en la antología internacional dedicada a "o jogo bonito". En Aldo Flores (selec.) y Lauro Zavala (pról). Fútbol en breve. Microrrelatos de "jogo bonito"
El libro se encuentra a disposición, de momento, en librerías mexicanas. VV.AA. Fútbol en breve. Microrrelatos de "jogo bonito". Aldo Flores Escobar (comp). Colima: Puertabierta Editores, 2014. 172 pp. ISBN: 978-607-8286-35-5

la mise en abyme, sin abîme


El matrimonio Arnolfini (1434), del flamenco Jan van Eyck, representa un segundo cuadro (aquí detallado) concentrado en el primero.


Sobre la duda que trasciende del ¿se escribe mise en abyme o mise en abîme?, reporto unas palabras del ensayo de Donatella Izzo y de Lucien Dällenbach. Antes de ello, recordemos que el término mise en abyme proviene de los diarios de André Gide (1893) al observar el francés la curiosa estructura heráldica de un tipo de escudo, que "consiste en colocar, dentro del primero, un segundo en abyme". Es decir, lo que Gide tenía en mente era "la imagen de un escudo que recoge, en su centro, una réplica de sí mismo en miniatura" [Dällenbach 16].

Bien, para la teórica italiana, son diferentes ambos términos: abîme es el abismo, en sentido literal y filosófico, mientras que abyme es más denso, un concepto que se refiere al autorreflejo, al abismo del autorreflejo, que para Derrida es siempre infinito porque se refiere a un juego de desplazamiento entre presencia y ausencia de la obra en sí misma muy derridiano, sin duda–. En cualquier caso, afirma Izzo, el abyme contiene todas las implicaciones del Abgrund heideggeriano [Izzo 24] (la traducción del italiano es mía, GHB).

Sin embargo, Lucien Dällenbach, el teórico más solvente para el estudio de la mise en abyme, se deslinda de algunas interpretaciones del término y prefiere retomar el concepto original gideniano. En este ensayo, citado abajo, Dällenbach señala que la palabra abyme es un terminus technicus. Evitemos, pues, toda especulación sobre sus ricas posibilidades asociativas. […] [E]n vez de apelar a la gruta de Pascal, al abismo de los místicos, al Abgrund heideggeriano, al objuego de Ponge, o a la différance derridiana, acudamos a un tratado heráldico, donde podremos leer: «Abîme.–Corazón del escudo. Se afirma que una figura está abismada cuando se halla con otras en el centro del escudo, pero sin contacto con ninguna de ellas»” [Dällenbach 16].

Puestas así las cosas, el problema vuelve sobre sí mismo: una especie de mise en abyme exegética. Aunque no haya acuerdo en sus consecuencias semánticas, ya hemos avanzado en que son dos cosas diferentes. Por lo tanto, la forma válida propuesta es mise en abyme. Para el lector despistado, es de subrayar que originariamente nació en el diario de André Gide con esta forma, abyme.
curioso marco humano en abyme
Por último, para una definición a vuelapluma de qué es la mise en abyme valdría usar la definición de Lucien Dällenbach. En su libro El relato especular. Ensayo sobre la «mise en abyme» (Le Récit spéculaire - Essai sur la «mise en abyme», 1977), la presenta como “la obra dentro de la obra, la reduplicación dentro del texto, la inclusión en el todo de su propio modelo a escala reducida” (la traducción del francés es mía, GHB). En cualquier caso, utilizamos la voz "abismar" no sólo para dar la idea de un abismo vertiginoso, sino también de "una secuencia de planos percibidos desde una visión horizontal, provocando un efecto especular" [Figueroa 9].


otra modelo ejerciendo de marco humano de sí misma
Espero que esto ayude a aclarar qué es la mise en abyme y cómo se escribe, ya que por la red no había encontrado demasiada información contrastada y exhaustiva. 

En otra ocasión, con tiempo, también se podría hablar de la mise en cadre, que presenta Werner Wolf. Si tienen comentarios o sugerencias, el espacio de abajo está justo para eso.

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Dällenbach, Lucien. El relato especular. Madrid: Visor, 1991.
 
Figueroa, Marie-Claire. Ecos, reflejos y rompecabezas. La mise en abyme en la literatura. Oaxaca de Juárez: Almadía, 2007.

Izzo, Donatella. Il racconto allo specchio. Mise en abyme e tradizione narrativa. Roma: Nuova Arnica Editrice, 1990.

Broges y la mise en abyme

De nuevo Borges, el capitán de algún barco en el que pudiéramos estar, nos lanza un problema ontológico de la literatura, que contiene el vértigo metafísico y el abismo ante lo inesperado.

“¿Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches en el libro de Las mil y una noches? ¿Por qué nos inquieta que don Quijote sea lector del Quijote, y Hamlet, espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios.” (Otras Inquisiciones, 75-6).

Borges visto desde un lector ficcional

(La cita del cuento de Borges la extraigo de Izzo, Donatella. “Introduzione: per una storia della mise en abyme”. Il racconto allo specchio. Mise en abyme e tradizione narrativa. Roma: Nuova Arnica Editrice, 1990. 7-36)

Rastros postistas en los microrrelatos de Antonio Fernández Molina

Antonio Fernández Molina. Foto de Ángela Ibáñez

La lectura de los microrrelatos del manchego Antonio Fernández Molina nos ha traído horas de diversión inmediata o posterior, ya que en el recuerdo siguen moviéndose estas "minimalia" suyas. Sus ficciones breves tienen mucho de juego surrealista, de gusto demiurgo por nombrar la realidad y, si es posible, descolocarla, descomponerla, recrearla. La atención por el lenguaje y la inclinación por el humor son otras características de su obra ficcional breve.

En este artículo, que apareció originariamente en la revista peruana Plesiosaurio, repaso los rastros que hay del Postismo en los microrrelatos del Antonio Fernández Molina.

simulacro

Humano introduciéndose en un sobre para huir del simulacro.

La primera noche soñé que se esfumaron los eslabones que aún sustento. En el sueño había muerto joven: “adolescente”, decía el obituario del tablón de anuncios de la plaza, junto a mi foto y unas breves palabras que reseñaban muy de pasada aquel “trágico accidente en automóvil”. Me miré los brazos; los vi transparentes. Desperté con la alarma del reloj, programada para ir al trabajo. Pasé la jornada envuelto en los deberes y no le di más importancia.
 

La segunda noche soñé que iba de la mano con mis nietos por el parque. Hube de sentarme en un banco, ya fatigado. Ellos corrían tras una pelota. Felices. Me llevé de pronto la mano al pecho para amortiguar una feroz mordida, un nudo en el corazón asediado. Luego, frenéticas visiones alucinadas. Una mascarilla me ocultaba el rostro y un pitido largo y agudo que, siendo eterno, marcó mi final. Desperté con la alarma del reloj, programada para ir al trabajo.

La tercera noche soñé una lenta partida de cartas ─parecía verano─ entre mi yo adolescente y el yo anciano. Los dos se desprendían de las cartas hastiados y con aire de sueño. Bisbiseaban ultratumbano, pero yo entendía que aquello era un aviso, como si quisieran advertirme de la entidad de algún simulacro. Desperté con la alarma del reloj, programada para ir al trabajo.

mecedora


Cuando me levanto, imperceptiblemente, ella sigue moviéndose: mecedora estúpida, la quiero llamar, aún en balanceos de leve ritmo condenado a extinguirse. Pero ahora caigo en la cuenta de que ella se mueve porque algo la empuja a hacerlo. O más bien alguien.

Hoy me he quedado detrás del cortinaje esperando. No ha pasado tanto rato porque, según me he escondido, ha empezado a moverse. Y era mi madre. Ha regresado como hacía tiempo que no lo hacía. Ha apoyado ambos brazos en el reposadero. Ha reclinado la cabeza. Y ha empezado a balancearse hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, en algo leve, como su cuerpo. Creo que tenía los ojos cerrados. Su máxima transparencia me impidió entrar en detalles. Al poco rato, se ha esfumado como vino, dejando tras su tenue blancor un leve movimiento en el vacío.

José de la Colina, Marca “La Ferrolesa”


El maestro José de la Colina (Santander, 1934) es un integrante en activo de la Generación Nepantla, o la "Generación post-exílica" (Angelina Muñiz-Huberman) o la "Generación hispanomexicana" (Arturo Souto -fallecido hace pocas fechas: 02/12/13). Es decir, los hijos del exilio republicano español, los que nacieron en otra tierra o incluso los que viven entre dos tierras (de ahí el nombre náhuatl de Nepantla). El mismo autor explica en una carta a Eduardo Mateo Gambarte la situación de “no ser de España ni de México, de vivir con el culo entre dos sillas, en las puras entrelíneas históricas. ¿Qué soy a fin de cuentas? ¿Soy español, mexicano, hispanomexicano, residente efímero, exiliado eterno?” (Literatura de los "niños de la guerra" del exilio español en México 80). Es decir, ni españoles ni mexicanos: identidad híbrida.

Un modo de representar este surcar dos ríos a la vez, lo encontramos en este microrrelato: "Marca 'La Ferrolesa'", que circula por internet en otra versión. La que os trascribo proviene del libro Traer a cuento (1959-2003). ¡Buen provecho!


(Chema Madoz)

Al enterarse de la muerte del dictador Franco, Ramón Ramago, español antifranquista exiliado por muchos años en México, corrió a su casa a celebrar el tan anhelado acontecimiento, llamó a la familia al comedor, abrazó a la mujer (Rosalía), a los hijos (Benitín y Encarnita), y descorchó la botella de sidra, empezó a abrir con la llave la lata de sardinas guardada también largo tiempo para aquella ocasión, y ya veía el aceite rezumar por los bordes, qué perfume salía, aroma de sardinas gallegas nada menos, las mejores del mundo, y la mujer y los críos cantaban, saltaban, palmoteaban, qué emoción ver la tapa de hojalata enroscándose en torno a la llave, y cuando la lata estaba a medio abrir la mujer y los críos gritaron, Ramón no podía creer a sus ojos, lo que había allí dentro no eran sardinas, sino una miniatura de hombre en uniforme militar de gala, con los tradicionales colores de la bandera española cruzándole el pecho ornamentado de medallas, con un espadín colgado de la faja, y aquel rostro intolerablemente sabido que no podía ser sino el del mismísimo Caudillo Por La Gracia de Dios, la carita de un Franquito sonriente, guiñándole un ojito, y Ramón, pasando del espanto a la furia, tomó un tenedor para clavarlo en el monstruito, que antes de ser tocado saltó de la lata, rebotó dos o tres veces en la mesa, cayó de pies en el suelo y echó a correr, y la familia lo perseguía por toda la casa, pero se metía debajo de las camas, saltaba como en un vuelo y se colgaba de las bombillas de luz y con voz de viejo que imita voz de niño cantaba:
Lero lero
aquí te espero
comiendo huevo
con la cuchara
del cocinero...


breve fragmento ético-amoroso de Max Aub

Max Aub en La Habana con su hija Elena (1958)

Uno de los mejores artífices del microrrelato español republicano, Max Aub, dejó 14 metros de páginas imperecederas para nuestra literatura. Seguir su rastro es un placer creador-creado. Este escritor, antes del pórtico de la eternidad (su muerte aconteció en 1972), dedica unas bellas palabras a Perpetua, siempre a su lado.

"Te quiero igual, igual que si fuese ayer. Tengo el pelo blanco y te quiero igual que si fuese hace treinta años -cuando tú no eras tú-. ¿Qué pasa que no pasa? Somos iguales a lo que fuimos; nos hicieron así y no hay más para nosotros. Tal como crecimos seguimos siendo. Te quise por como eras, te sigo queriendo por lo que eres"*.

A un escritor así, se le quiere cerca, sin duda, como amigo.


Max Aub, lector constante
(* fragmento extraído de Jorge F. Hernández. "Max Aub en el último andén". Tras desterrados. México: FCE, 2010, p. 94.)

amistades




El unicornio es tímido, como yo. Pero póngale usted la mano en el hocico. Verá que no muerde y se le agradece el calorcillo que expele, esa mezcla de vaho y amor. Apenas hace ruido. Se lo puede usted dejar en la bodega, debajo de la cama o entre las plantas floridas del vergel. Anímese, mi adorada Amazona. Nadie va a denunciarla por tenencia ilícita de imaginación. Déjese aconsejar. Se lo digo yo, su lacayo Hermes, que la venera de día y la consagra en sueños desde hace años. Son sólo catorce rubíes. ¡Qué importa el precio por obtener lo deseado! Vamos, tóquele el túrgido marfil, sienta cómo vibra por usted. Y si aún tiene más dudas, podremos apañarlas en el apartado de ese bosque, ya que en esta orilla del río me temo que va a empezar a refrescar.

sobre el intertexto, lo fractal y la ficción breve

Hay un apunte sobre la estrecha relación que guarda la intertextualidad con la estructura fractal de los microrrelatos, que extraigo de uno de los libros que me entretienen estos días. La cita la tomo de Ottmar Ette, animador de la nanofilología, de su Del macrocosmos al microrrelato.






“La geometría fractal del microrrelato, que en muchos sentidos se deja comprender como el aislamiento de una estructura de mise en abyme, nos presenta procesos de escritura, lectura y comprensión en un espacio densificado que, gracias a procedimientos analíticos de la psicología de la cognición, abren nuevas posibilidades de interpretación basadas en el experimento.

Ette, Ottmar. Del macrocosmos al microrrelato. Literatura y creación - nuevas perspectivas transareales. Guatemala, Guatemala: F & G Editores, 2009. 21.

Sobre lo fractal y el efecto Droste, ver esta entrada.

la cámara melográfica



Apenas ya hay recuerdo del inventor de la cámara melográfica. Don Amaro Stropov, natural de Braschnietvitsa, construyó un receptáculo para plasmar la música. Básicamente, el principio es como sigue. Se inserta en la cámara el rollo de un pentagrama en blanco, a modo de carrete. Según accionamos el motor de bobinado, se impregna sobre el papel el espectro aleatorio que genera la resonancia. Idea lúcida: cómo ver el sonido.

Con su ayudante, realizó las primeras pruebas usando tinta de cinabrio. Stropov tocó el violín una mañana soleada durante quince minutos. El sonido de las cuerdas fue introduciéndose en el armazón de la cámara por medio de un sistema de tubos receptores, como pequeños gramófonos. Al término de ellos, una membrana bermeja percutía el papel inmaculado. El valioso documento fue enrollándose en las bobinas, lentamente. El resultado físico fue un continuum manchado de rojo sobre el infinito de seis rejas negras.

Después de su muerte, sus anotaciones escritas originariamente en inglés las publicó un editor avaro bajo el título "How to see the sound?". La única partitura conservada está expuesta en la vitrina 72 de la tercera planta del museo del Broadway Musical Art, Chicago. A día de hoy, no hay rastro de la cámara. Se conjetura que el mismo inventor la destrozó a martillazos en un arrebato de avanzada sordera. Como dejó de escuchar un extracto del mundo, ¿para qué, entonces, escuchar lo artifical? El silencio, ésta ha sido la única respuesta de la comunidad científica, que nunca le ha perdonado la violenta ceguera del sordo, empujándole a las mazmorras de los incomprendidos.
 

[Nota: Una primera versión de "La cámara melográfica" aparece en el fanzine del colectivo fotográfico Alumbre, en su número 7, octubre 2013]

decálogo del escritor, de Augusto Monterroso

Hablar de Augusto Monterroso es hablar de lo mastodóntico, de lo extingido, de lo que despertó. Guatemalteco de origen y mexicano de convicción, es el autor del célebre Dinosaurio. Se ha escrito centenares de artículos sobre el significado de aquellas siete palabras. Su producción, si bien breve, va más allá de un sólo texto. En esta ocasión, rescato el Decálogo del escritor, que viene al hilo de otros decálogos, como el de Horacio Quiroga y Guillermo Samperio.
Augusto Monterroso, cazador de gripes y de dinosaurios


Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es  bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado. 

Monterroso leyendo un libro de la editorial Porrúa

vinagre diluido


Entramos con cautela en el edificio abandonado. Lo que debería haber sido una puerta, estaba desaparecida. La tenue sombra de dentro y el silencio del lugar me atravesaron como un frío por la columna. Nos miramos a despecho, cada uno dueño de su soledad. Desde el principio, ya noté aquel olor correoso. Agachado, se lanzó por piernas, con su arma, bordeando la pared. Buscaba el acceso a la azotea. Yo le seguí a corta distancia. Cruzamos, sin ser vistos, un patio desventrado de ráfagas aleatorias y los tendederos de ropa vencidos. Al menos creí, en ese momento, que nadie nos veía. Nos colamos por una portezuela remordida de disparos. Y un pasillo apagado, como de noche húmeda, que cruzábamos sin saber adónde iríamos a parar. Yo di con una puerta y le avisé en voz baja.

Subimos hacia el tejado por aquellas escaleras de oscuridad. El olor denso penetraba más y más fuerte. Punzaba como un río de vinagre piragüando las narices. Subida. Esquina. Media planta. Sudor. Los disparos que venían de afuera se mezclaban con la metralla del bombeo del corazón. Escaleras. Esquina. Media planta más. Agarraba mi cámara con la pugna de que latía más fuerte que yo. Escaleras. Sudor. Media planta más. La turbación y la adrenalina me empujaban a seguir. Sudor. Escaleras. Esquina. Media planta más. Sentí un amago de arcada que se mezcló con el regúrgito del vinagre diluido en la sangre que palpitaba crecida hasta la boca. Escaleras. Esquina. Escaleras. Llegamos a lo alto.

Me detuve, fatigado, antes de descerrar la tranca del pasador. Me faltaba el aire a la boca. Sin aún reponerme, cargué en seco contra la puerta metálica. Se abrió y se coló dentro cegadora la luz del día. Creo que era evidente el miedo que me paralizaba a dar un paso más. Él se me adelantó. Cruzó el umbral de la puerta, dio tres zancadas apretando el kalashnikov contra su pecho, luego se desplomó al suelo. Aquel hombre recibió una puntada de tiros del estómago al pulmón. Grapado por dentro, noté que algo cristalino se le iba entre los dientes apretados. Me pidió que tomara una foto de él. Sus manos negras, como lapas en el estómago, solicitaban cada vez más mi ayuda. Me lancé a auxiliarle, pero supongo que estaba en estado de shock o algo así. Esto sucedió del siguiente modo. Yo le ayudaba a desaparecer. Le arrastraba hasta detrás de un poste, en retirada. Él traqueteó una ráfaga de rabia del rifle contra el cemento. Por poco no me acertó un disparo en la pierna. Una vez a salvo, dejó caer el arma, abatida, ahogada de voz.

Se me entró al oído un pitido largo, agudo. Ensordecía. Apresado por un eco, me gritó de nuevo que le hiciera una foto. Se estaba quemando por dentro. No le importaba más que una foto. Aquel grito le llameó como el vuelo de un adolescente cristalizado. Quería que el mundo recordara de qué modo pasó su vida, peleando, peleando contra la avanzada del enemigo, peleando contra las ojeras de la noche, peleando contra los cubos de basura. Un negro menos, dirían al día siguiente los del barrio de la colina. Un guerrillero ajusticiado, dirían al día siguiente los periódicos para los que trabajaba. Un héroe más que vengar, dirían esa misma tarde los forajidos en las cuevas.

El olor denso a vinagre me perseguía. De golpe alcanzó los límites de lo tolerable. Quería vomitar encima del hombre herido. Se me metió dentro aquel vinagre, zigzagueando el cerebro, nublando el entendimiento. Le cerré los ojos con la mano. Me temblaba el pulso, pero entonces disparé. Y fue aquello como partir en dos un avispero.




[Nota]

La escritura apresurada de este relato es una adaptación propiamente libre de unas declaraciones de Goran Tomasevic, fotorreportero de zonas calientes en África para Reuters [“Witnessing the Nairobi mall massacre” del 25 de setiembre de 2013]. En ellas, algunos han visto una justificación non petita del dilema ético de cualquier conflicto violento: disparar fotos o auxiliar a los heridos. Sobre ética poco diré, porque esto no es púlpito. He preferido seguir el rastro de unas palabras suyas.